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SOCIEDAD · SALUD MENTAL

La ansiedad de una sociedad que ya no puede más

Sabemos cada vez menos cómo solucionar la ansiedad y los problemas que conlleva. Quizá deberíamos empezar a preguntarnos con la misma insistencia qué está ocurriendo en nuestras vidas para que cada vez esté más presente.

Un hombre permanece quieto entre una multitud urbana en movimiento

La ansiedad se aborda hoy desde diferentes frentes. Cuando alcanza una intensidad determinada, se evalúa clínicamente y puede diagnosticarse como un trastorno de ansiedad. El tratamiento puede incluir psicoterapia, estrategias dirigidas a modificar pensamientos y conductas, técnicas de regulación y relajación y, cuando está indicado, medicación.

El problema comienza cuando toda nuestra atención queda concentrada en conseguir que la persona controle mejor lo que siente y dejamos en segundo plano una cuestión bastante elemental: qué está ocurriendo para que se sienta así.

Porque la ansiedad sucede dentro de una vida. Una persona puede aprender a respirar, reconocer sus pensamientos, regular su activación o disminuir determinados síntomas y continuar viviendo cada día dentro de la situación que la desestabiliza. Si tiene un trabajo precario, seguirá teniendo un trabajo precario. Si apenas llega a final de mes, mañana seguirá haciendo cuentas para pagar la vivienda. Si existe un conflicto de pareja, continuará cuando llegue a casa. Si está sosteniendo una situación familiar que la desborda, seguirá allí. Si vive sometida a una exigencia permanente, la exigencia seguirá esperando.

Estas situaciones forman parte de realidades complejas y cada persona responde a ellas de una manera diferente. Aun así, hay algo que merece atención: lo que le sucede a una persona mantiene una relación con la vida que esa persona está intentando sostener.

Hemos aprendido a funcionar con lo que nos hace daño

Los seres humanos tendemos a permanecer en aquello que conocemos. Incluso cuando una situación nos produce malestar, cambiarla implica incertidumbre, y la incertidumbre asusta. Por eso nos adaptamos durante años a circunstancias que sabemos que nos perjudican, aunque casi siempre intentemos apartarlas de nuestra atención.

Lo hacemos en el trabajo, en las relaciones, en la familia y también en nuestra forma de entender qué significa tener una vida correcta.

Hemos construido un sistema con unas reglas bastante claras. Hay que producir, llegar, pagar, cumplir, responder, progresar, consumir y mantener un determinado nivel de funcionamiento y estatus. Necesitamos trabajar para obtener ingresos y necesitamos esos ingresos para pagar una vivienda, alimentarnos, criar a nuestros hijos, permitirles estudiar y sostener prácticamente todos los aspectos de nuestra existencia. Cuando el trabajo es precario, el salario es insuficiente o la vivienda se convierte en una carga difícil de asumir, la preocupación empieza a formar parte de la vida cotidiana.

A ello se suman cambios constantes en el ámbito laboral, económico, sanitario, educativo, tecnológico y social. Cambian las condiciones de trabajo, las relaciones, los modelos familiares y socioculturales, la manera de comunicarnos, las exigencias educativas y las expectativas sobre lo que deberíamos conseguir. Cada cambio exige una nueva adaptación y cada persona recibe ese impacto desde una realidad diferente.

Sin embargo, cuando esa acumulación comienza a desbordarnos, la respuesta suele dirigirse de nuevo hacia nosotros: tenemos que aprender a gestionar mejor el estrés, organizar mejor el tiempo, regular mejor las emociones, descansar mejor, pensar de otra manera.

¿Hasta qué punto tenemos que aprender a soportar mejor una forma de vida que también deberíamos atrevernos a cuestionar?

Aprender a soportarlo todo también nos está enfermando

A la presión material se añade otra mucho menos visible: la necesidad permanente de encajar.

Somos personas distintas en nuestros diferentes espacios, y eso forma parte de la convivencia humana. La dificultad aparece cuando adaptarnos deja de significar relacionarnos con los demás y empieza a significar alejarnos sistemáticamente de nosotros mismos.

Entonces aparece la máscara. Tenemos una para el jefe, porque necesitamos conservar el trabajo. Otra para nuestra pareja, porque tememos el conflicto o el rechazo. Otra para nuestros padres, porque seguimos intentando responder a determinadas expectativas. Otra para nuestros hijos, porque creemos que debemos poder con todo. Construimos otra para las redes, donde seleccionamos cuidadosamente qué parte de nuestra vida puede ser mostrada y cuál debe permanecer escondida.

Poco a poco aprendemos a representar la versión de nosotros mismos que mejor funciona en cada escenario. Medimos lo que decimos, lo que mostramos, lo que sentimos y hasta lo que deseamos. Sostener continuamente esas versiones también exige energía.

Cuando la distancia entre lo que somos, lo que necesitamos y aquello que representamos se mantiene durante demasiado tiempo, vivimos en una adaptación constante. Esa adaptación se suma a las preocupaciones económicas, el trabajo, los cuidados, las relaciones, la falta de tiempo, la incertidumbre y la velocidad a la que transcurre nuestra vida.

Por eso resulta insuficiente reducir toda esta realidad a una cuestión de «gestionar mejor nuestras emociones». Las emociones también contienen información sobre nuestra relación con lo que estamos viviendo. La ansiedad puede necesitar tratamiento y también necesita contexto. Necesita que miremos cómo vive, en qué entorno está y cómo se siente esa persona.

¿Por qué nuestros hijos están aprendiendo tan pronto a vivir con ansiedad?

Esta forma de vivir ha alcanzado también a niños y adolescentes. Los problemas de ansiedad y salud mental tienen una presencia cada vez mayor entre ellos. Comprenderlo exige mirar tanto lo que sucede en su interior como el mundo en el que están creciendo.

Un niño aprende muy pronto qué necesita hacer para pertenecer. Aprende qué comportamientos reciben aprobación, qué diferencias llaman demasiado la atención, qué resultados se esperan de él y cómo debe comportarse en cada espacio. A la presión académica se añaden la comparación social, la imagen corporal, las redes, la necesidad de aceptación, las expectativas familiares y una exposición cada vez más temprana a preocupaciones que antes pertenecían fundamentalmente al mundo adulto.

Les pedimos que encuentren su identidad mientras les proporcionamos continuamente modelos con los que compararse. También ellos empiezan a construir máscaras: una para el colegio, otra para sus amigos, otra para la familia, otra para las redes y otra para responder a lo que los adultos esperan que lleguen a ser.

La cuestión merece mucha más atención, porque un niño que aprende que para pertenecer necesita adaptarse constantemente puede convertirse en un adulto extraordinariamente competente para satisfacer expectativas y profundamente desconectado de las suyas.

Los niños crecen dentro de nuestra sociedad. Están aprendiendo a vivir observando cómo vivimos nosotros.

Necesitamos educación emocional y también educación para conocerse, desarrollar criterio, comprender las propias necesidades, construir vínculos, reconocer límites, convivir con la diferencia y descubrir que pertenecer puede convivir con ser uno mismo.

El tratamiento alivia; comprender el contexto amplía la respuesta

La medicación puede formar parte de un tratamiento indicado y ayudar a reducir síntomas, recuperar estabilidad o atravesar una etapa especialmente difícil. La psicoterapia y otras intervenciones también pueden ser necesarias. Cada situación requiere una valoración profesional y singular.

Al mismo tiempo, ningún tratamiento clínico puede resolver por sí solo un conflicto de pareja, la precariedad laboral, una relación familiar pendiente o una forma de vida que desborda. Ahí aparece una responsabilidad compartida: atender a la persona y observar también las condiciones personales, sociales y materiales que participan en su malestar.

Una respuesta completa combina cuidado, tratamiento cuando corresponde, educación, vínculos, decisiones y transformaciones reales. La pregunta importante deja de ser si una herramienta sirve o no y pasa a ser: ¿qué necesita esta persona y qué aspectos de su vida requieren atención?

Cuestionar es el primer paso para cuidar nuestra salud

Responsabilizarnos de nuestra salud significa atrevernos a mirar qué estamos sosteniendo y por qué seguimos sosteniéndolo. Significa cuestionar nuestras relaciones, nuestras prioridades, nuestros ritmos, aquello que aceptamos como normal y esa necesidad permanente de encajar en una forma de vida que muchas veces apenas hemos elegido conscientemente.

Hemos aprendido a buscar herramientas para seguir adelante, pero pocas veces nos enseñaron a preguntarnos si queremos seguir avanzando en la misma dirección.

Esto se vuelve todavía más urgente cuando nuestros hijos ya están aprendiendo las mismas reglas. Si queremos que la siguiente generación viva de otra manera, tendremos que empezar por enseñarles —y mostrarles— otras formas de relacionarse con la vida.

La salud también es tener el valor de cambiar.

Cuestionémonos.
Roberto Castillo · Arqué

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